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DESARROLLO Y PUEBLOS INDÍGENAS
LA CONTROVERSIA LATINOAMERICANA DE LAS CULTURAS INDÍGENAS Y EL DESARROLLO

Dr. RICARDO SALAS ASTRAÍN
UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Este breve trabajo tiene por objetivo exponer el tema central del estatuto político «El etnodesarrollo o del desarrollo con identidad de los pueblos indígenas en América Latina».  Mi mirada, aunque se apoya en las ciencias sociales y humanas, será específicamente filosófica; surge  en apertura a un diálogo interdisciplinario con varios enfoques teoréticos desarrollados en Chile.

Esta hipótesis busca demostrar que el problema del reconocimiento está estrechamente vinculado a la expansión de un sistema de racionalización económica del mundo, que ha irrumpido profundamente en los modos de vida de los pueblos indígenas. ntentamos seguir la hipótesis de que «existe una autonomía relativa de lo político» por lo que la evaluación cultural del choque de racionalidades requiere ser entendida a partir de un proceso de construcción de autoridades legítimas, lo que implica a su vez una reinterpretación de los derechos comunitarios, que nos empuja al terreno del «derecho intercultural».

El tema del desarrollo no se reduce a una ampliación conocedora de los temas económicos, de la ciudadanía multicultural o de una política de la memoria para la comprensión de los derechos indígenas, sino que refiere también a una particular precomprensión histórica que gravita en el modo específico de acercamiento a la realidad indígena.  Tal modo de entender las desigualdades históricas en que han vivido y viven los pueblos indígenas, no pretende dar cuenta sólo de una forma teórica la actual realidad sociocultural y económica indígena; sino que, ella profundiza sobre todo unas convicciones ético-políticas acerca del valor y la dignidad de los otros, y se replantea el problema de los derechos colectivos desde la matriz del reconocimiento, por la que los pueblos indígenas pueden elegir el tipo de desarrollo que sea apropiado a sus matrices culturales y religiosas.

La forma predominante de implementar el tipo de desarrollo en las sociedades latinoamericanas, y que hoy día refuerzan los procesos de globalización, no se ocupa con la fuerza debida de los problemas axiológicos y normativos del sistema productivo tradicional ni permite comprender tampoco modos de desarrollo alternativos.  En este sentido, parece que el problemático vínculo entre desarrollo y cultura, que no se ha aclarado nunca suficientemente bien, continúa siendo polémico.  Todavía existen diversos prejuicios por los que se ha tendido y tiende a disociar fuertemente los procesos técnicos y resultados económicos con los valores propios y las identidades culturales: esto no es algo exclusivo de los pueblos indígenas.

En estas tres últimas décadas, surge una comprensión crítica que diagnostica precisamente esta problemática destacando que una de las grandes dificultades que encuentran las minorías étnicas en América Latina, para alcanzar un desarrollo acorde a sus raíces culturales y a sus valoraciones profundas, alude al sentido que se le otorga a la racionalidad de los procesos económicos, lo que podría permitirles consolidar eventualmente una economía que responda consistentemente a sus mundos de vida.  En este sentido, si el tema de la racionalidad está implícito, la cuestión principal es saber si es posible una articulación  de algún modo de las pautas económicas de la racionalidad calculadora de la sociedad mayoritaria y las que son propias de la economía indígena, que se distinguen por adherirse a dimensiones racionales de tipo no necesariamente instrumental.

La manera predominante en sectores  «etnicistas» es que tal articulación es casi imposible, porque la lógica de las grandes empresas -parte central de la lógica económica globalizada- no se puede frenar con ningún tipo de limitaciones impuestas por los contextos culturales o étnicos.  Un modo de refrendar esta perspectiva es referirse a los malestares existentes al interior de la mayoría de las minorías étnicas de América latina, que se han expresado en la ebullición de grandes conflictos y alzamientos indigenistas en muchas partes de América Latina en estas últimas décadas, en especial en los países con importante población indígena: México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia.

Mi opinión es que esta perspectiva es limitada pues implica por una parte entender que la globalización se la entiende únicamente a partir de la racionalidad económica de las empresas multinacionales, pero no se destaca que la misma globalización, en su sentido amplio, exigiría dar cuenta de otros aspectos culturales, políticos y jurídicos que no se reducen de ningún modo a los intereses de las grandes empresas.  Por ello, considero como tesis principal y en un sentido fuerte que: se requiere pensar esta racionalidad técnica que ha tendido a predominar hasta hoy, al interior de un proceso complejo de articulación con otras formas de racionalidades presentes al interior de los contextos de las minorías, si es que pretendemos pensar un desarrollo que  responda a la identidad de los pueblos autóctonos.

El problema descrito debe conectar un enfoque político del reconocimiento porque cabe vincular el choque de racionalidades al interior de los proyectos de desarrollo con la posibilidad de un auto-desarrollo.  En su sentido más específico, la idea del autodesarrollo plantea un modo de comprensión contextual del desarrollo a partir de espacios de articulación de diversas formas de racionalidades que se han excluido a priori del modelo económico actual.  Cuando se alude en términos morales al diálogo respetuoso de pueblos «dignos», se alude fundamentalmente a la posibilidad de sostener tipos de racionalidades que se deben implementar a través de una lucha por el hetero-reconocimiento para asegurar la propia dignidad cultural.  El desarrollo con identidad -anhelado proyecto de las comunidades indígenas - supone combatir fuertemente el predominio de la racionalidad hegemónica predominante y los modos degradados que asumen las relaciones entre los pueblos y los falsos reconocimientos a los que están adheridos.

Se podría decir que la explicitación del encuentro de las racionalidades en proceso en el campo económico plantea serias limitaciones para entender la acción económica de las minorías indígenas y las transformaciones valóricas y normativas.  Al destacar las implicancias ético-políticas, se quiere destacar la necesidad de asegurar las condiciones para la plena subsistencia de los pueblos indígenas, y que no les conduzca a hipotecar las bases de su propio autodesarrollo.  Esto debería llevar a una rigurosa discusión de la actitud frecuente de pasividad que fomentan las políticas públicas frente a las comunidades, donde con frecuencia los apoyos económicos, las ayudas o subsidios tienden a limitar las propias capacidades de autogestión de las comunidades indígenas.  El desarrollo sobre bases propias de un sistema productivo y cultural es una exigencia racional y razonable para todos los pueblos indígenas a fin de lograr establecer espacios de simetría en el terreno de las relaciones económicas y políticas.  Esto lleva a reponer la cuestión de la lógica del poder de las autoridades, y su distribución asimétrica entre los pueblos y al interior de cada pueblo.

La política del reconocimiento, entonces, es hoy una exigencia teórico-práctica para todas las minorías en un planeta donde la economía mundial está cada vez más interconectada y donde las relaciones de alianzas entre los pueblos podrían permitir una lucha por la memoria y la dignidad entre los poderes desigualmente distribuidos.  En síntesis, esta política considera que la interpretación más adecuada del vínculo entre desarrollo, identidad y tecnología requiere resaltar, esencialmente, que los conflictos diversos entre diferentes pueblos indígenas son siempre parte de una lucha de racionalidades en medio de contextos económicos, sociales e históricos de desarrollo desigual.  Es preciso destacar, pues, la coexistencia de múltiples intereses, discursos y prácticas de los sujetos acerca del modo en que participan del bienestar contextual de una comunidad, lo que hace preciso explicitar el modo de gestionar el poder y sobre todo de profundizar la conformación de un sistema de autoridades legítimas que respondan a todos los miembros de una comunidad.  Por ello los lazos entre  desarrollo, cultura y tecnología no sólo son explicables por razones intraculturales  o por razones centradas en un ethos ético-religioso, sino que requieren dar cuenta de una estructuración económica, que tiene variables éticas, políticas y jurídicas acerca de la conformación de la autoridad que decide el decurso concreto de los proyectos de desarrollo.

Sobre la controversia latinoamericana acerca de las culturas indígenas y el desarrollo.

La permanente emigración de los indígenas de sus tierras ancestrales refiere principalmente a la única alternativa viable para escapar de la pobreza endémica de la vida rural, producto de un sistema económico y político históricamente excluyente.  Uno de los problemas más significativos presentes en el pueblo mapuche actual tiene que ver con las transformaciones culturales asociadas a un creciente y sostenido proceso de modernización que ha vivido la sociedad chilena en las tres últimas décadas y su influencia en el desencadenamiento de un proceso migratorio de grandes proporciones; consecuencia de una situación de exclusión del estado chileno, acentuado en el período dictatorial (1973-1989), se ha consolidado un sostenido movimiento migratorio de los mapuches hacia las grandes ciudades de Chile.  El censo del 2002 deja en evidencia que la mayor parte de la población indígena en Chile vive en las grandes ciudades, y más de un tercio lo hace en Santiago, ciudad capital de Chile.  En el territorio chileno más de un 5% de la población se declara indígena.  Nos dice un informe actual: «De Acuerdo al censo del 2002, la población de Chile alcanza a un total de 15.116.435 habitantes de los cuales 692.192 (equivalentes al 4,6% del total) declararon pertenecer a algún pueblo originario o indígena.  De la población indígena, 604.349 se definieron como «mapuche».

Se trata de una profunda transformación de un modelo económico definido en los márgenes del estado de bienestar, que consolida un modelo que lleva a la plena apertura a los mercados mundiales, que integra formas sofisticadas de producción para competir en el mercado internacional, con una fuerte inversión en tecnología, que asegura un tipo de interacción que desestructura las formas tradicionales de producción agrícola.  Este modelo económico, que reduce el papel del Estado y el de las industrias destinadas al consumo interno, destaca el papel de las organizaciones empresariales más que el de los sindicatos o asociaciones de empleados y trabajadores; y produce nuevas situaciones socio-económicas para la vida rural, en que han reducido fuertemente la actividad agrícola y marcado el éxodo a la ciudad como destino de la población rural en Chile.  Este modelo se lo ha buscado gestionar y regular a partir de un ejercicio democrático, que asegure que la riqueza que Chile produce pueda ser distribuida en toda su población y que se cuenten con subsidios habitacionales para que las ciudades puedan acoger a una población cada vez mayor.  Pero que han sellado la suerte de la actividad agropecuaria artesanal, que es la que aseguraba la autosubsistencia de los pueblos indígenas en sus tierras originarias.

El resultado de esta transformación productiva es -como lo indican los estudios recientes- la conformación de una sociedad chilena que dispone cada vez más de recursos económicos y culturales para las clases y grupos económicos integrados al sistema económico internacionalizado, pero donde siguen existiendo aún extensos sectores sociales que todavía permanecen excluidos de estos beneficios económicos y sociales.  En particular, los indígenas se cuentan entre los sectores más pobres del país: la pobreza tiene una incidencia 60% superior entre los indígenas que en el resto de la población.

Los estudios socio-económicos específicos demuestran que las asimétricas relaciones estructurales que tienen los sistemas de producción, distribución y acumulación de la riqueza se concentran en las zonas donde hay un fuerte número de comunidades indígenas en América Latina.  En cualquiera de los países latinoamericanos con población indígena se puede constatar que la economía indígena está claramente subordinada a formas de explotación de recursos, de distribución de la riqueza y privilegios que están subordinadas a la economía local y regional.  Por lo general, el bienestar o no de los pueblos indígenas latinoamericanos depende de las condiciones del intercambio económico, político y social con miembros y grupos de la sociedad mayor.  Es entonces poco frecuente encontrar grupos indígenas que estén completamente al margen de las formas de intercambio con la sociedad mayor, en cualquier caso, siempre se suscitan los problemas ético-politicos del intercambio cultural.

La problemática que se plantea entre sociedad, cultura y desarrollo en las comunidades autóctonas es muy interesante desde un punto de vista teórico y práctico porque si se toma estos datos de base se podría discutir dos tipos de presupuestos hermenéuticos de los estudios culturales del desarrollo en estas últimas décadas.  Pareciera, en primer lugar, que a veces- se ha exagerado los rasgos tradicionales de las sociedades indígenas y se ha despreciado la relevancia de los mecanismos de impacto del contacto y de la evolución económica y política de la sociedad mayoritaria sobre la indígena y viceversa.  En segundo lugar, se podría discutir también, a partir de otros datos socio-económicos más precisos, otro análisis de la integración paulatina de las técnicas de producción por parte de los pueblos indígenas.

Sintetizo mi perspectiva teórica de acuerdo a la tesis central, así: según los estudios analizados en el caso del pueblo mapuche como de otros pueblos indígenas en América Latina, se observa frecuentemente que estas comunidades se apropian y se integran a los nuevos procesos de modernización económica, político-jurídica y cultural, la mayor parte de las veces, a partir de sus propias matrices culturales y étnicas.  Si estos datos son correctos, no se puede pensar la «resistencia» y la «integración» al interior de las sociedades indígenas como «un bloque» frente a la sociedad dominante.  Se propone la interpretación de este proceso como un dinamismo en el que habría que considerar las diferentes interpenetraciones que se producen a través de relaciones permanentes en el tiempo, al entrecruzamiento entre áreas de la economía y de la cultura, a los vínculos entre grupos tradicionales y emergentes de las comunidades con sectores tradicionales y emergentes de la sociedad dominante.  Esto conlleva una preocupación particular por las propias comprensiones que los sujetos indígenas elaboran acerca de su propio modo de entender el desarrollo.   El desarrollo es algo que germina desde dentro de la cultura, a partir de sus propios proyectos históricos, donde sus líderes, profesionales y hombres de acción entregan los elementos centrales de lo que se busca alcanzar como proyecto de desarrollo.

Lo esencial de esta interpretación del proceso problemático de racionalización y a veces dicotómico- de resistencia e integración es que refiere siempre a contextos históricos y culturales que deben ser considerados a partir de sus conflictos históricos. Actualmente la globalización económica y cultural influye en la vida de los pueblos indígenas porque potencia fuertemente una integración creciente de sus sistemas económicos tradicionales con los mercados internacionales; esto conlleva a la vez la desintegración parcial del sistema productivo tradicional tal como funcionaba en su entorno local y regional, lo que implica una forma de ruptura cultural de las bases tradicionales de producción.  Esta nueva fase del conflicto entre cultura y desarrollo puede ser a su vez equilibrado, social, cultural y políticamente por un refortalecimiento del movimiento indígena, que destaca fundamentalmente los procesos identitarios y organizacionales que van rearticulando de otro modo el mundo social y económico indígena, y son en buena parte los que «resisten» la lógica sistémica, reinterpretando sus identidades.

Si estas observaciones pudieran hacerse extensivas a los otros pueblos indígenas de América latina y minorías étnicas de otros continentes permitiría formular preguntas más generales que conduzcan a elaborar una teoría intercultural que dé cuenta del lazo entre desarrollo y cultura.  Entre las diversas interrogantes, surgen algunas como las siguientes: ¿qué tipos de lazos establecen específicamente las sociedades tradicionales que sean esencialmente diferentes de las sociedades modernas, racionalizadas y capitalistas?, ¿no habría que reconocer otros problemas éticos, políticos y jurídicos en el contexto actual de la desregulación que trae la globalización?, ¿es posible integrar elementos de la técnica y de la ciencia moderna sin perder necesariamente los valores transmitidos por los principales valores transmitidos por las tradiciones culturales y religiosas?, ¿cómo se configura la organización social y política, para evaluar las ganancias y las pérdidas de este proceso de desintegración e integración?, ¿cómo resuelven internamente las minorías los conflictos internos a la cultura tradicional ente los sectores más tradicionales y aquellos que destacan los beneficios de la integración económica y el reencuentro cosmopolita que implica?,  ¿las religiones de las comunidades nativas juegan algún papel en esta difícil articulación?.

CONCLUSIONES

El problema del etnodesarrollo, ya descrito en la situación mapuche contemporánea, es crucial para entender el problema de la política intercultural y los derechos colectivos de los mapuches.  Esto tiene claramente aspectos comunes con la situación de otros pueblos indígenas en América Latina.  En este sentido, las nuevas preguntas y las nuevas respuestas exigen  entender los problemas de los derechos de los autóctonos a partir de una política del reconocimiento que muestre la transformación de las estructuras socio-políticas y económicas sobre las que se basaba el derecho comunitario y la génesis del poder de las autoridades indígenas.  Al investigar, el particular tipo de interpretación que despliegan los sujetos  en contacto interétnico, acerca del otro intra o extra-comunidad y sobre todo el sentido de las prácticas puestas en juego para definir las relaciones de poder y obtener la legitimidad del liderazgo, queda de manifiesto que se produce una transformación relevante de los derechos de los autóctonos, que ya no se definen sólo a partir de las matrices propias de la sociedad tradicional sino que están vinculados a su particular interpretación del proceso económico-político global que les afecta.

Una política del reconocimiento debe responder a estas nuevas cuestiones. Las respuestas exigen comprender al mismo tiempo los elementos de identidad  presentes en las comunidades y entender la lógica política de los diversos movimientos indigenistas.  Los nuevos movimientos indígenas, entre sus logros, han madurando la historia de permanente negación,  para sobrepasar con creatividad las formas de discriminación propias de tantas historias locales y regionales.  Asimismo, rechazan la lógica de la «negación del otro» que se ha expresado históricamente en América Latina, y buscan caminos para superar la violencia, la pobreza y la discriminación.

Esta estrategia inspirada en estos nuevos logros de las organizaciones indígenas tiene de este modo nuevos desafíos porque ella debería demostrar cómo la propia política del Estado Nación no se puede desvincular internamente de los intereseseconómicos y de las posiciones de poder de las grandes multinacionales.  Desde aquí se podrían redefinir tres cuestiones conexas respecto de las posibilidades de avanzar en la senda del reconocimiento por parte del estado: uno, la reconstrucción de las identidades se acrecienta en el contexto de globalización tecnológica; dos, la des-colonización del mundo de la vida es clave en un proyecto de autodesarrollo y por último, los desafíos interculturales del saber y hacer cultural, en particular hacen urgentes los desafíos éticos políticos de un Estado Multinacional.

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