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LA REVUELTA INTERCULTURAL

Dr. JUAN CARLOS GODENZZI
UNIVERSIDAD DE MONTREAL
Los pueblos indígenas de América Latina han soportado, especialmente durante las últimas décadas, despojos territoriales, contaminación y degradación del medio ambiente. Igualmente, han sido profundamente afectados por la crisis agraria, el olvido político y el terrorismo. Según la Comisión de la Verdad y la Reconciliación del Perú (CVR), las tres cuartas partes de los 69 mil muertos o desaparecidos, entre 1980 y 2000, a manos de las organizaciones subversivas o de agentes del Estado, eran campesinos pobres quechua-hablantes. En palabras de Salomón Lerner, presidente de la CVR, tal situación constituye un doble escándalo: «el del asesinato, la desaparición y la tortura masivos, y el de la indolencia, la ineptitud y la indiferencia de quienes pudieron impedir esta catástrofe humana y no lo hicieron» (CVR 2004: 9). El testimonio de una mujer, víctima de esa tragedia, señala la causa profunda del problema: la pérdida del principio ético del «respeto»:
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«Señores chaymi ñuqa munani kachun respeto, kachunyá manchakuy, masque imayrikulla kaptiykupas, wakcha pobri kaptiykupas, campesino totalmente ñuqañaykuchu kaniku, huk real llapas killapi ganaq, mana ni pipas kanikuchu. Señores, chayta ya justiciyata mañakuykiku. CVR. Audiencia de Huanta. 11 de abril de 2002. Testimonio de la señora Sabina Valencia.» |
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«Señores, por eso yo quiero que haya respeto. Que haya moderación, aunque sólo seamos muy humildes. Aunque seamos huérfanos y pobres. Campesino puro podemos ser; que ganamos sólo un real por mes y, aunque no seamos nadie, señores, ésta es la justicia que pedimos.» Traducción CVR. |
En una perspectiva indígena, respeto significa hacer aquello que permita que todo sea a plenitud, lo que tiene que ser; que el circuito de la fuerza vital no se obstruya y que, más bien, sea capaz de dinamizar la sociedad y el medio ambiente. El derecho, la política y el desarrollo económico requieren ser revisados y reorientados a la luz del principio ético del «respeto». Se hace necesario, pues, repensar la relación entre diversidad y exclusión en la óptica de una ética del respeto. En algunas regiones, el movimiento indígena y otros sectores de la sociedad latinoamericana han procesado las diferencias culturales y las desigualdades sociales a través del concepto de interculturalidad. No basta el reconocimiento ni la valoración positiva; hay necesidad de dar un paso más: «vincular la afirmación de la diversidad cultural con los derechos humanos, con los derechos indígenas y con formas efectivas de ejercer la ciudadanía».
La fuerza de la propuesta intercultural en el ámbito latinoamericano reside en que plantea que hay urgente necesidad de cambiar las condiciones y las modalidades en las que se dan los intercambios entre los pueblos indígenas, el Estado, las compañías transnacionales y la sociedad en general. En tanto categoría ético-política, surgida de las luchas y reivindicaciones de los pueblos indígenas, la interculturalidad puede definirse como una modalidad comunicativa de las relaciones entre individuos y/o instancias colectivas, que consiste en negociar, llegar a acuerdos y decisiones para crear las condiciones materiales y simbólicas básicas que abran paso a sociedades pluralistas y a estados incluyentes, en cuyas redes y ámbitos se pueda dialogar en pie de igualdad y se produzcan mutuos enriquecimientos.
Una ética intercultural abre la vía para una comprensión más compleja y plural de la racionalidad humana y de las formas de construcción del conocimiento. Ante todo, evita creer que la única racionalidad válida es la de la ciencia. Como lo expresa Serres (1991, 117), las ciencias humanas están en crisis porque han olvidado las dos formas fundamentales e inseparables de la razón: la de la ciencia y la del derecho; sin la primera, clara, la segunda sería irracional, pero sin la segunda, cálida, la primera sería absurda.
De otra parte, la oposición que suele hacerse entre pensamiento moderno versus pensamiento primitivo carece de sustento real, puesto que no representa una distinción real de lógicas, ni de desarrollo cognitivo ni de fronteras psico-biológicas; obedece más bien a una legitimación ideológica para justificar empresas e intereses particulares. No existen conocimientos modernos y primitivos, sino múltiples formas de conocimiento que circulan en redes de práctica social y política (Latour 1993: 25). Así, por ejemplo, un conocimiento propio o indígena no se distingue de otro no indígena por su estructura mental o cognitiva, sino porque se articula con la producción de una identidad y un determinado proyecto político colectivo (Gustafson 2000, 10).
Abrirse a nuevas formas de lo inteligible supone una reeducación de lo sensible: pasar de una sensibilidad monocultural a una sensibilidad intercultural. Un nuevo programa creativo emerge, pues, fundado en una estética de la diversidad y los contactos multiculturales. Hay necesidad de superar el temor y la irritación primaria que surge ante lo distinto. Sentirse amenazado no es más que la primera etapa; superada ésta, uno accede a lo sublime, etapa en la que uno reconoce sus propios límites y se genera el respeto a lo distinto (Sommer 2004, 131). Y ese refinado gusto por lo sublime, laboriosamente adquirido, da mayor satisfacción y facilita la vida en sociedad.
BIBLIOGRAFÍA
Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Hatun Willakuy. Perú, Lima: 2004.
GUSTAFSON, Bret., El concepto de red y los conocimientos indígenas en la EIB. Revista Quinasay, Año 2, Nº 2: 7-22. 2004.
LATOUR, Bruno. We Have Never Been Modern. Cambridge: Harvard University Press. 1993.
SERRES, Michel, 1991 - Le Tiers-Instruit. Paris: Gallimard.
SOMMER, Doris, Bilingual Aesthetics: A Sentimental Education. Durham: Duke University Press, 2004.
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